Pasos Lectio divina:

Actio

8. Respuesta traducida en acción, compromiso y testimonio

Nuestra respuesta a Dios es parte integral y esencial en el itinerario de la Lectio divina. La Palabra de Dios es letra muerta o sólo literatura grandiosa, si los cristianos no la hacemos vida. La respuesta que damos a Dios al final del proceso de una Lectio ha de traducirse siempre en “Acción, compromiso y testimonio en la vida cotidiana”.

El último paso de la Lectio hace el puente a la vida cotidiana. Durante el proceso mismo, algunas personas le llaman “Actio / Acción”, otras simplemente “Respuesta”. En realidad, durante el itinerario de la Lectio lo que hacemos es responder al mensaje de Dios, manifestándole cómo pensamos hacerlo vida. La acción se realiza en la vida y se traduce en un compromiso con Dios y la comunidad de fe, y nuestro testimonio como cristianos.

Desde lo alto de la montaña (contemplatio), Dios nos envía al valle de la vida, a la familia, los amigos y el pueblo; al trabajo o la escuela; a vivir el Evangelio en las calles, las plazas, los centros de diversión, la comunidad eclesial… en la vida entera. A algunas personas les resulta difícil pasar de la contemplación a la acción, en particular si no han aprendido a integrar los dos “travesaños” de la cruz, el vertical que enraizado en la tierra dirige su vértice al cielo, y el horizontal que señala el vasto horizonte de la realidad humana que debe abarcar nuestra vida.

Cuando la Palabra de Dios ha resonado en lo más profundo de nuestro ser, le hemos preguntado a Jesús con sinceridad “¿Qué quieres de mí?” y estamos dispuestos a responderle con generosidad, estamos en el trampolín para lanzarnos a la acción:

• La Palabra es transformadora cuando se traduce en acción, pues al saciar nuestra sed de Dios es como el agua venida del cielo que empapa la tierra y que regresa al cielo hasta haber producido el fruto deseado (Is 55,11).

• La Palabra es eficaz al producir frutos, pues es útil para enseñar, corregir y educar en la justicia; de hecho, siempre tiene que finalizar en el compromiso por la justicia, tema clave y central en la historia de salvación (Tim 3, 16).

• La Palabra y la oración tienen que traducirse en obras, pues mediante ellas se cumple la voluntad de Dios: “Obras son amores y no buenas razones”, dice un dicho popular. Jesús afirma: “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7, 21); también denuncia, mencionando al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15, 8; Is 29, 13).

• La oración y la contemplación son reales y significativas sólo si tienen proyección fraterna. Si nuestra unión con Dios no alimenta a otras personas, es una experiencia falsa o imaginaria; si nuestra Lectio no aterriza en situaciones de la vida social, es una evasión de la realidad; si la oración se queda en las nubes y nuestro diálogo con Dios se esfuma y se evapora sin dar el fruto esperado, no hubo una oración auténticamente cristiana.

• La Lectio divina tiene sentido y valor sólo si lleva a hacer la voluntad de Dios. Jesús lo ilustra claramente en la parábola de los dos hijos, a quienes el padre manda a trabajar a la viña. El primero dice que se irá y termina no yendo; el segundo responde que no y siempre sí va. (Mt 21, 28-32). El primero hijo retrata a quienes escuchan la Palabra de Dios y no hacen nada. El segundo hijo representa a quienes se convierten, cambian de vida y hacen la voluntad de Dios; estos son los que entrarán en el Reino de Dios.

La relación de Jesús con su Padre se proyectó en su misión: extender el Reino de Dios en la tierra y alcanzarnos la salvación del pecado y la muerte, para poder gozar eternamente en unión con Dios. Igual nos corresponde a nosotros: el cristianismo enfatiza la proyección de la comunión con Dios hacia afuera, en contraste con las religiones orientales, como el budismo y el hinduismo, que acentúan la interioridad.

• Cristo mismo, Palabra viva de Dios, nos va conformando poco a poco a su imagen y semejanza. Cuando la Palabra habita en nosotros, nos habilita y capacita para ser palabra-signo-expresión del amor y de la comunicación de Dios con la humanidad, y poder continuar su misión en el mundo.

• El encuentro con Dios, hecho desde la fe y con fe durante la Lectio, se continúa en el encuentro con el prójimo. Es aquí que se puede constatar si el encuentro con Dios ha sido auténtico y si nos mantenemos abiertos a las mociones del Espíritu Santo.

• La Palabra se encarna a través de nuestras palabras y acciones y va fomentando en nosotros un proceso continuo de conversión y crecimiento cristiano, y va iluminando la vida de las personas a las que llevamos el Evangelio, convirtiéndose así en una luz que ilumina y un fuego que energiza.

• La historia de salvación continúa y las personas en nuestro alrededor pueden constatar la verdad de la Buena Nueva de Jesús. Así sucedió en Jerusalén, entre las personas que escucharon a Pedro proclamar el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y así debe suceder hoy día: “Estas palabras les llegaron hasta el fondo del corazón y le preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hch 2, 37).

Hay que cuidar de no caer en deformaciones de la Lectio divina:

• Quedarse en una lectura de la Palabra limitada a obtener frutos espirituales, genera una religión espiritualizada y pietista que no refleja a Jesús, su vida y su misión.

• Realizar una lectura de la Palabra ideologizada, manipulada y politizada, que busca la instauración reinos personales y sociales, en lugar del Reino de Dios con los valores y características que reveló Jesús.

• Una Lectio sin un compromiso auténticamente evangélico, se convierte en una lectura alienante, alienadora, que genera personas con una identidad cristiana deformada y grupos de Iglesia que se van convirtiendo en sectas centradas en sus propios intereses.

El itinerario de la Lectio divina sólo puede darse por concluido cuando la contemplación lleva su fruto a la acción. “Hágase según tu Palabra”, dice María, y su “sí” fue lo que permitió que la encarnación de la Palabra en la historia de la humanidad (Lc 1, 38).

La Palabra de Dios “leída”, “meditada”, “orada”, “contemplada” y “discernida”, nos impulsa a la acción, a integrar la fe y la vida, a dar testimonio de Jesús, Palabra de Dios hecha carne. La “actio” es nuestra respuesta a Dios en diferentes frentes y con distintos matices: vida, compromiso, testimonio, evangelización.

El culmen de la contemplación es la evangelización: la capacidad de brindar a otros el mismo tesoro; la decisión y empeño de ofrecer a los demás la misma agua viva que ha transformado nuestra propia vida. Al anunciar al Señor con obras y palabras, se da gratis el agua viva, para que nadie perezca sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).