Pasos Lectio divina:
Discretio
6. Discernimiento
Discernir quiere decir “distinguir las diferencias”. En la Lectio divina distinguimos lo que Dios nos dice de la palabra humana; diferenciamos lo que proviene de Dios, lo que nace de mi “yo” y lo que es causado por el maligno. Empezamos a discernir al hacer la lectura y seguimos en la oración; la contemplación ayuda de modo singular pues colora nuestra vida entera de manera distinta.
La Palabra de Dios está viva, es libre y gratuita, exigente y liberadora, y “La Palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2, 9); “La Palabra del Señor… era dentro de mí como un fuego ardiente encerrado en mis huesos, me esforzaba en sofocarlo, pero no podía (Jr 20, 9). Hay que hacer un alto y discernir: ¿Cómo encauzar ese fuego? ¿Qué opciones tenemos ante nosotros, que sean según el Evangelio?
Durante el discernimiento podemos elegir, amar, pensar y actuar como seguidores de Jesús, concentrados así a la voluntad de Dios. Cada ser humano —cada cristiano y cristiana— es un ser único, irrepetible, original, que vive su vida en unas coordenadas distintas en el mundo y en la Iglesia. Su respuesta a la Palabra de Dios es libre y personal, y va madurando mediante el discernimiento personal, el cual se da a lo largo de toda la Lectio.
Aquí se indica el discernimiento como un paso distinto, pero es importante mantenerlo presente en todo momento, preguntándose: ¿Qué es lo que Dios quiere y espera de mí, aquí y ahora?
Discernir conlleva:
• Interpretar o reinterpretar, leer o releer la Palabra de Dios en la situación concreta en que uno se encuentra. Dios nos habla aquí y ahora: ¿Qué es lo que el Espíritu a través de la Palabra, me pide o me exige hoy en día, en mis circunstancias personales y el momento histórico en que vivo?
• Una tarea que requiere flexibilidad y madurez. La respuesta a la Palabra no es una mecánica, rígida y matemática. Tampoco es siempre la misma, repetitiva y aburrida, pues cada vez que nos abrimos a ella, el Espíritu nos da luces distintas para que sigamos creciendo en nuestra relación con Dios.
• Luz, fuerza y valentía. Dice San Pablo: “No se acomoden al mundo presente, antes bien transfórmense mediante la renovación de su mente, de forma que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 2).
• Identificar los “signos de Dios” en los “signos de los tiempos”. Al igual que Jesús, vivimos en un tiempo, lugar y cultura determinado; estamos inmersos en el acontecer de la historia. Nuestro llamado bautismal a continuar la misión de Jesús lo realizamos a lo largo de nuestra historia personal, en el marco de la historia de nuestro pueblo y del mundo en general. La encarnación de la Palabra sólo se da en estas coyunturas históricas, de ahí nuestra obligación a ser profetas de esperanza en la sociedad en que Dios nos ha colocado.
• Cuidar de no atribuir a Dios lo que es cuestión nuestra. San Juan de la Cruz advertía que muchas veces justificamos lo que queremos diciendo: “‘Dijo mi Dios, respondió mi Dios’. Y no será así, sino que las más veces ellos mismos se lo dicen a sí mismos”.
Los signos de Dios en los signos de los tiempos
Llamamos “signos de los tiempos” a los acontecimientos históricos que logran crear un consenso universal y que permiten la comprensión de las etapas fundamentales de la historia de la humanidad. Jesús desafía a los fariseos a discernir los signos de los tiempos y encontrar en ellos a Dios, sin estar pidiendo señales provenientes del cielo (Mt 16, 4; Lc 12, 54-56), para analizar con perspicacia la realidad desde el marco de los valores del Reino.
El papa Juan XXIII, con fuerza profética, volvió a proponer su significado original al convocar el Concilio Vaticano II:
Haciendo nuestra la recomendación de Jesús de saber distinguir los signos de los tiempos, creemos descubrir, en medio de tantas tinieblas, numerosas señales que nos infunden esperanza sobre el destino de la Iglesia y de la humanidad (Gaudium et spes, nos. 4, 11, 44).
Al discernir los signos de los tiempos, la Iglesia expresa ante todo sus relaciones con el mundo en un momento determinado de la historia. Busca anunciar la presencia de verdaderos signos positivos que pueden ser catalizadores de cambio para todos, vistos a la luz del Evangelio y el misterio pascual, en lugar de ser profeta de desventuras.
El discernimiento que se hace en la Lectio ha de considerar siempre los signos de los tiempos, ya que es una exigencia de la actualización del mensaje de la Sagrada Escritura y un elemento esencial para hacer vida la Palabra de Dios en el aquí y ahora. Es así como los cristianos velan del presente y construyen el futuro según los valores de Jesús.