Pasos Lectio divina:

Contemplatio

5. Contemplación

La oratio desemboca en la contemplación. Estamos en la cima de la montaña, en el lugar más alto donde podemos contemplar el misterio de Dios. Tocamos el cielo desde lo más profundo de nuestro ser que está inundado de Dios. Nuestra atención pasa de la Palabra hablada a Aquel que habla: Dios mismo, para perdernos en él.

En la contemplación nuestro ser entero se encuentra con su Creador; nos quedamos maravillados y como ciegos ante su presencia amorosa e iluminadora. Es la experiencia de sus discípulos en la transfiguración (Lc 9, 28-36): descubrimos a Cristo con su doble naturaleza humana y divina y quedamos apabullados ante el misterio tan grande y hermoso del Dios hecho carne; la Palabra encarnada está ante nosotros.

Nuestra mirada ha traspasado el horizonte de lo inmediato, lo superficial y lo temporal. Estamos ante una experiencia mística: el misterio de Dios nos llena y en él descubrimos el sentido profundo y último de nuestra existencia. El amor de Dios nos llena y la alegría nos desborda; su plan de amor para nosotros y la humanidad nos deja pasmados por su grandeza y genera una disposición nueva hacia quien es el origen y el fin de todo lo creado.

Percibimos la unidad entre el pasado, cuando sólo existíamos en Dios, nuestro presente como peregrinos en la tierra y nuestro futuro en comunión plena con Dios. Vemos cómo en esta realidad trascendente se inserta nuestro proyecto de vida personal, el proyecto al que hemos sido llamados desde el vientre de nuestra madre y que vamos descubriendo con todo su valor en la presencia de Dios.

Caemos de rodillas, nos vencemos ante tanta inmensidad. En la contemplación:

• Percibimos la realidad divina y nuestro ser con todo su potencial se aquieta; somos lo que Dios quiere que seamos.

• Nuestra memoria, razonamientos y voluntad propia desaparecen, para hacerse unos con los de Dios; descubrimos que nuestra historia es historia salvación, nuestros pensamientos y sentimientos se identifican con los de Jesús.

• La palabra divina nos inunda, nos empapa; dejamos de discurrir con la cabeza y de hablar con el corazón. Reaccionamos según nos mueve el Espíritu que ha puesto nuestro interior en una unión muy especial con Dios: enmudecemos o cantamos; nos postramos o danzamos… adoramos… lloramos. ¡El asombro se convierte en algo normal!

• Miramos a Jesús y nos dejamos mirar por él sin falsedades ni hipocresías. Esta atención única y completa a él y de él a nosotros, nos engrandece, ilumina nuestro existir, purifica nuestro corazón y nuestras intenciones. Es una experiencia espiritual de identificación con Jesús, que genera una renuncia del “yo” y un deseo sobrenatural de ser, ver, juzgar, actuar y celebrar como él.

• Penetramos en la medida de lo posible los misterios de Cristo: lo sentimos hecho carne en nosotros, pudiendo exclamar como Pablo, “ya no soy yo quien vive en mí, sino Cristo el que vive en mí” (Gal 2, 20); experimentamos la abundancia de su vida al haber vencido el pecado y la muerte; vivimos la energía de su Espíritu que nos ha llevado hacia estos momentos de éxtasis.

• Tenemos una experiencia del Reino de Dios, vivimos intensamente sus frutos, saboreamos la calidad de vida que él nos le es propia, percibimos su profundidad y amplitud; reaccionamos embelesados, extasiados, transportados al más allá, donde la experiencia será plena, sin ataduras ni esclavitudes.

Es la reacción de los discípulos de Emaús cuando descubrieron que era el Señor quien estaba con ellos y les había explicado las Escrituras (Lc 24).

• El círculo pastoral adquiere un sentido profundo. La vivencia espiritual descubre o revela con intensidad el sentido de nuestro ser, vemos y juzgamos la realidad que habíamos puesto en oración como Jesús, el Espíritu está disponiendo nuestra voluntad para ser fieles seguidores suyos y preparando nuestras aspiraciones y motivaciones para continuar su misión.

• Nuestra vocación bautismal es renovada y fortificada; el conocimiento interior que adquirimos de Jesús nos deja listos para amarle más fuerte y fielmente, y para seguirlo como discípulos misioneros en estado de misión permanente.