Pasos Lectio divina:
Oratio
4. Oración
De la meditación brota nuestra oración, como respuesta al Señor que nos ha hablado. Hemos reflexionado el texto; ahora lo hacemos oración. La oración tiene sentido en sì misma; su valor radica en expresar a Dios lo que nace de nuestro corazón, movido por el Espíritu Santo. Es amistad gratuita que proviene del amor; no es funcional, comercial o utilitarista, ni busca alcanzar nada.
La Palabra del Señor engendra la luz y el fuego, enciende “nuestras palabras”. Es como una espada que provoca reacciones:
• Cuando es luz que ilumina mi pecado, provoca en mi corazón tristeza por haberlo ofendido y nace de él una petición profunda de perdón.
• Si me hace ver los vacíos de luz, amor y vida, en mi corazón, mi entorno o el mundo, despierta el deseo de que haga presente su misericordia y nace una petición de súplica e intercesión.
• Si la lectura afloró el dolor y el sufrimiento, las angustias y las ansiedades que estamos padeciendo en esos momentos de nuestra vida, nace la queja, el llanto, la petición de auxilio, el cuestionamiento: ¿por qué, Señor?, acompañados de la misma oración de Jesús: “Aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14, 36), seguida de la ofrenda de ese dolor uniéndolo al de Jesús.
• Cuando me enseña a leer mi historia personal o la historia de la humanidad, descubro que se trata de una “historia de salvación”; entonces la oración se hace “eucaristía”, alabanza, acción de gracias… porque la Palabra me ha hecho ver que todo es don, todo es gracia.
“La vivencia interior sólo se convierte en algo del [ser humano], cuando éste la configura de alguna manera. La fe tiene que expresarse; de otra manera la vivencia de la fe no llega a convertirse en parte vital de la persona entera”. (Lukken)
En la oración expresamos lo que sentimos, dándole forma con nuestras palabras. Los sentimientos adquieren forma al decirlos, al traducirlos en expresión, lenguaje, gesto.
Dios nos habla. Nosotros lo escuchamos, le preguntamos, constatamos lo que nos dice, comprendemos, sentimos, deseamos… y respondemos hablando, articulando nuestra respuesta de viva voz o en el silencio del corazón. Es un diálogo con Dios, un coloquio; no es un monólogo.
La oratio es profunda; se sitúa en las honduras del corazón, nace con palabras llenas del significado que el Espíritu Santo da a la Palabra de Dios para cada uno de nosotros. No es una oración superficial, situada en la periferia, sólo en los labios que dicen palabras huecas.
La persona orante hace propia la palabra leída. La Palabra de Dios se hace palabra mía, que vuelve a Dios en forma de oración. Con la oratio hemos alcanzado la cima de los ocho pasos, la cual va seguida de la contemplatio, el momento clave que distingue la Lectio divina de otros tipos de oración y que se presenta a continuación.