Pasos Lectio divina:

Meditario

3. Meditación

Meditar es guardar en el corazón las palabras leídas anteriormente, iluminadas por el Espíritu Santo, quien abre nuestra mente y nuestro corazón para que comprendamos y hagamos nuestro lo que leímos como Palabra de Dios para mí, hoy. A través de la meditación, la Palabra se encarna en nosotros y nos introduce al misterio de Cristo, la palabra viva de Dios.

María, nos dice el evangelio, “Guardaba todas esas cosas en su corazón” (Lc 2, 51). De igual manera nos toca hacerlo a nosotros. Se trata de prestar atención a lo que leímos antes confrontando su mensaje con los acontecimientos de la vida en un ambiente de amor, gratitud y asombro hacia la obra de Dios en nosotros.

Meditar es pensar y reflexionar. Santa Teresa decía: “Llamo yo meditación al discurrir mucho con el entendimiento” y San Gregorio Magno: Lo que hemos leído son “las cosas que creemos han sucedido históricamente, pero ahora tienen que actualizarse en nosotros místicamente”, o sea misteriosamente.

Para meditar se recomienda considerar la Palabra como:
Agua (Is 55, 10-11), que penetra la tierra, como si fuera agua, rocío o lluvia recia que trae vida nueva, un agua que proviene de un manantial que nunca se acaba.

Levadura (Mt 13, 33), que se mezcla y se hace una con la masa, transformando las preocupaciones, problemas y angustias en esperanzas, hasta crear un alimento nuevo con el que nutrir nuestra vida cotidiana y hacer crecer en nuestro corazón y a nuestro alrededor el Reino de Dios.

Espejo (Sant 1, 23-26), en el que tenemos que mirarnos honestamente, contrastando lo que somos con veracidad y humildad, visualizando al mismo tiempo cómo Dios quiere que seamos.

Espada (Ef 6, 16), que hiere nuestro orgullo, autosuficiencia, egoísmo, prepotencia… para realizar en nuestro corazón una cirugía que elimina aquello que nos separa del camino de Dios, que no nos permite ser seguidores fieles de Jesús.

Hay que conectar el mensaje central en la lectura de la Palabra mediante un trabajo detallista, hecho con cuidado, conscientes que estamos creando algo muy bello y bueno con la ayuda del Espíritu Santo:

• Relacionando el mensaje del texto leído con el mensaje global de la Palabra, en particular con algunos aspectos de la vida y el mensaje de Jesús, con los que vemos una relación natural al estar haciendo la meditación, como podrían ser las bienaventuranzas, su llamado a los discípulos, sus parábolas del Reino, su muerte y resurrección…

• Relacionando el mensaje del texto leído con nuestra propia vida, en tres momentos o dimensiones:
1. Recojo las palabras que más me han llamado la atención. ¿Qué significan para mí? ¿Por qué me importan?
2. Interiorizo o rumio estas palabras, desde la mente pasan al corazón y toman morada en él. ¿Qué siento yo? ¿Cómo me siento yo?
3. Veo mi vida y la vida, mi historia personal y la historia colectiva, a la luz de esa Palabra. ¿Qué me sugiere la Palabra de Dios? ¿A qué me invita? ¿Qué me pide? ¿Qué me exige?

La meditación cristiana es cristocéntrica

Cristo es la Palabra encarnada; así empieza el evangelio de San Juan: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 1). Todas las palabras escritas en el Antiguo Testamento se reducen en una: El Verbo encarnado.

Por eso la meditación del cristiano se centra en Cristo. El cristianismo no es la religión de la Biblia, sino la religión de Cristo; sin él las letras forman palabras muertas.

Cristo es la luz que da sentido a nuestra meditación, a todo lo que hayamos leído.

“En la Sagrada Escritura se manifiesta, sin menoscabo de la verdad y la santidad de Dios, la admirable condescendencia de la sabiduría eterna, para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuando adaptándose su lenguaje ha usado teniendo providencia de nuestra débil naturaleza. Para las palabras de Dios Expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al lenguaje humano, como en otro tiempo el Verbo de Padre Eterno, tomada carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres”. (Dei Verbum, no. 13)

Meditar es invertir nuestros cinco sentidos en la oración:

• Escuchar una y otra vez lo que Dios me quiere comunicar, como en eco cada vez más profundo y amplio, que penetra hasta el fondo del ser y lo inunda al irse haciendo más y más amplio.

• Saborear el mensaje de la Palabra, captar la dulzura de sus palabras consoladoras, la firmeza de su plan de amor para toda la humanidad, la tristeza ante nuestra infidelidad y dureza de corazón…

• Sentir el amor de Dios proyectado en ese texto y sentir tanto nuestro amor como nuestra falta de amor.

• Ver el rostro de Dios que se revela, conocerlo a través de su revelación plena, como el mismo Jesús lo dijo: “El que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9).

• Percibir el aroma fresco y lleno de vida nueva que proviene del reino de Dios en las personas, en sus relaciones interpersonales y en la sociedad.