Pasos Lectio divina:
Lectio
2. Lectura
Es el momento de “la lectura” propiamente dicha. Llamamos Lectio divina a todo el itinerario porque se fundamenta en esta acción. Se trata de leer la Palabra de manera inteligente para captar tanto su sentido literal, lo que quiso decir el autor sagrado, como su sentido espiritual, lo que Dios nos está diciendo a nosotros.
Para leer el texto bíblico, hay que hacer lo siguiente:
- Elegir un pasaje específico, que podamos comprender y que alcancemos a retener en la mente conforme lo vamos leyendo.
- Ubicar el texto según su lugar en la historia de salvación, recordando que el Antiguo Testamento es la preparación para la revelación plena en Jesús, y acercarse a cada texto según su estilo literario para captar bien su mensaje.
- Abrirse a la Palabra de Dios en la Escritura, como al manantial donde Dios nos espera para darnos a deber y saciar nuestra sed de él y su amor liberador.
- Poner atención a lo que leemos, atentos al contexto y a las referencias en los textos paralelos, para captar bien el mensaje y profundizar en su significado.
Principios fundamentales al leer la Biblia
Al leer la Biblia hay que considerar que la Iglesia ha establecido un principio válido para la interpretación del que se derivan una serie de criterios importantes. Se trata del presupuesto que podríamos llamar del doble autor:
“Escritos bajo la inspiración del Espíritu santo tienen a Dios como autor. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que emplearon al escribir sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería”. (Dei Verbum, N° 11)
De esto se deriva que una lectura inteligente de la Biblia:
- No puede ser fundamentalista o literalista, es decir interpretar el texto al pie de la letra, sin considerar su contexto histórico y género literario.
- Ha de reconocer al autor y situarlo en su tiempo, cultura, geografía e historia.
- Debe estar consciente del género literario en que está escrito el texto, pues no es lo mismo una crónica que un poema, ni un libro de sentencias que un relato novelado.
- Necesita conectar con la tradición eclesial y respetar la unidad y armonía interna de toda la revelación.
- Repetir varias veces la lectura, para familiarizarnos con todo el texto e ir captando sus distintos matices y perspectivas, para poder detenerse en las palabras o frases que el Señor nos indique y centrarnos en ellas.
- Memorizar el texto y custodiarlo en el corazón, sea un trozo grande cuyo significado se descubre sólo al mantenerlo en mente completo, sea una cita pequeña cuyo mensaje es profundo y vital.
- Escribir el texto y, al hacerlo, llenarse con su significado, anotando el significado descubierto al haberlo analizado según su contexto, estilo literario e intención del autor.
- Convivir con la Palabra, dejando que haga eco hasta lo más profundo de nuestro ser, subrayando lo que nos impacta, nos hace vibrar, nos cuestiona, nos hace gozar...
- Unir nuestro corazón con el de Dios, dejarnos amar por él que nos busca al hablarnos; interesándonos por lo que nos dice, como Samuel, que “no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras” (1 Sam 3, 19).